24 de Septiembre de 1991

Nada importa. Ese es mi mantra. Es mi lema. Es el pensamiento que acude al rescate en los momentos de duda. Es la única frase que me tatuaría, si no me dieran miedo los tatuajes (que no las agujas). 

Nada importa. De todas las tiranías que soportamos, de la que menos se habla, es de la tiranía que ejercen las cosas sobre nosotros. Están ahí, seductoras. Apelándonos. Nos fuerzan a opinar sobre ellas, antes de que podamos decidir si queremos o no hacerlo. Nosotros, que estamos tan tranquilos en nuestro sofá, con los huevos fuera, después de comer. La lampara, la mancha de té en el sofá (¿es realmente té?), la portada del nuevo catálogo de Ikea, la imagen de la televisión. La mente salta como un perro de presa sobre todo lo que aparece en nuestro campo perceptivo. Tenemos que emitir juicios sobre todo lo que está a nuestro alrededor, constantemente. Y he dicho bien, tenemos, porque nuestro circuitaje (ojo a la traducción cutre de wiring) nos obliga a hacerlo. Tenemos, porque no podemos elegir no hacerlo. 

Nada importa. ¿Podría usted vivir sin tener ninguna opinión sobre lo que le rodea?. No solo podría, sino que lo haría encantadísimo. Existe una sensación de bienestar subyacente a nuestro alrededor, y la alcanzamos cuando no juzgamos. No juzgamos cuando estamos haciendo algo muy intensamente, tanto, que nos fundimos con la vida. El sexo, el arte o deporte extremo son solo portales para llegar esa ansiada paz que nos hace vibrar con todo, y que surge de la percepción directa, en ausencia de juicio alguno.

Nada importa. Esta es una de las enseñanzas fundamentales de todas  las religiones que merecen la pena. Mahoma, Jesús, Lao Tsé, Buda. Todos lo han dicho: el mundo es insignificante. Trasciéndelo, ya que nada importa. Para no asustarte ante el abismo de un mundo en el que no tengas una puta opinión sobre cada tema, existe Dios. Pero difícilmente puedes tener lo uno sin lo otro. 

Nuestro cerebro tiene más o menos 35.000 años. Es decir, el mismo cerebro que usted tiene ahora, y con el que maneja complejas estadísticas sobre Messi o el nuevo Audi Q3, era el que tenían los cazadores de mamuts del paleolítico. Cuando te podías morir cada diez minutos y la leche no estaba pasteurizada. Cuando la fruta no estaba en sus preciosos, prístinos envases de plástico, sino que había que cogerlas de árbol (¡puaj!). Cuando los números decimales no importaban en absoluto. Este cerebro está diseñado para percibirlo todo en términos de vida o muerte. Y este cerebro tan capaz, tan maravilloso, no puede bajar el pistón. Sigue percibiéndolo todo como una amenaza inminente. Y en un mundo tan sedentario, y tan tremendamente simbólico a la vez, se desborda.

Que tu compañero de trabajo no te hable, sin haber hecho tu nada. Que no trabajes de lo que has estudiado. Que el coche nuevo se haya raspado con la pared del garaje. Que no le quiera la persona a quien usted quiere. Que ya no quiera a la persona que a usted le quiere. Que su hija sea feminista. Todas estos pequeños inconvenientes son procesadas como amenazas de muerte. Nos llevan al Lexatin, y de ahí al pozo sin fondo de la desesperación más absoluta. Pero en realidad, no significan nada. No importa nada. Nada importa nada. La vida va a seguir igual, hagas lo que hagas. La vida existe independientemente de tus juicios. Si dejas de emitirlos, te unirás a la fiesta.  

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