El capitalismo me robó la virginidad*.

El problema del comunismo, es que presupone que somos mejores personas de lo que realmente somos. Es decir, el problema del comunismo no es el comunismo. Somos nosotros.

Y no es que seamos un desastre. Simplemente, tenemos nuestras particularidades, y éstas no pueden ser obviadas. Una de ellas, es que necesitamos motivación para alcanzar nuestro máximo potencial, y la competición cruel y salvaje del sistema es ideal para ello, aunque muchos nos sintamos superados y desbordados en él. No solo somos cerebro y corazón. Necesitamos ese extra para avanzar que provoca la necesidad. Ese puntito.

En este sentido, una de las narrativas del 15M que ha quedado más descuidada, es la del decrecimiento. El economista Carlos Taibo y otros teóricos hablaron en profundidad sobre este tema. El olvido en el que ha caído, revela la hipocresía de todas esas revolucionarias con mechas californianas, y de todos esos antisistema con los huevos depilados. Nadie está dispuesto a ceder nada. Ni un solo centímetro. Solo quieren más de lo que tienen ahora.

Esto es irreal. Porque el ecologismo, el anticapitalismo y las políticas sociales, son válidas mientras se acepte el compromiso de llevar una vida más sencilla y sacrificada, no tan cómoda, con menos y peores objetos, y sí, con peores «experiencias». Pero nadie quiere tener menos de lo mejor que puedan tener. Por muchas injusticias que tuiteen, quieren vivr en el centro, irse de vacaciones a las islas griegas, quedándoles la suficiente pasta a final de mes como para poder ir al psicólogo a quejarse de que, aún así, son tremendamente infelices. Porque en el fondo, y esta es la ironía, es cierto: la felicidad, si existe, no parece encontrarse en los placeres banales que ofrece el neoliberalismo.

*El título hace referencia a una canción del grupo sueco International Noise Conspiracy.

Fe en el medio plazo

Salir del pozo es muy difícil para la gente que lleva mucho tiempo dentro, principalmente, porque no se valoran las victorias parciales. Es una carrera muy larga, y cada metro de ascensión ha de ser preservado y cuidado, valorado como un hijo.


Pero la gente que está muy jodida oscila entre el fondo del pozo, y el primer tercio. Caídas y recaídas. Durante años. Subir y bajar. Intentarlo y fallar. De estar en la mierda, a estar peor que estar en la mierda. La motivación aparece y desparece .


¿Qué importa que lleve un mes levantándome a la misma hora y haciendo la cama todos los días? ¡Soy abogado, por el amor de Dios! ¿Qué importa que lleve veinte días sin beber? ¡Tengo cincuenta años y vivo con mis padres! ¿Qué importa que haya perdido tres kilos en los últimos dos meses? ¡Peso 120 todavía! ¡Soy una puta morsa! ¿Qué importa que lleve una semana sin un ataque de ansiedad? ¿Qué importa que lleve quince días seguidos haciendo deporte todos los días? ¿Qué importa que haya conseguido reducir la medicación un 20%? ¿Qué importa nada?.


Importa. Y mucho. Porque el camino es largo, pero accesible. Si vas poco a poco. Si le das importancia a las victorias parciales, y tienes paciencia.
Ten fe en el medio plazo. Todo el mundo se centra en el largo plazo, o en el corto plazo. Metas grandiosas de aquí a unos años, o metas milagrosas en un mes. A nadie le importa el medio plazo. El medio plazo no es sexy.

Todo el mundo se motiva ante la idea de matricularse en la universidad, sacarse una carrera y tener un sueldo decente, dentro de seis o siete años, tener un coche y una casa. O ante la idea de hacer un régimen milagroso y perder cinco kilos en un mes. Pero poca gente parece motivada ante la siguiente idea: a lo mejor, si me esfuerzo, dentro de un año me encuentro algo mejor. Mi vida es un poco más cómoda. Mi salud ha mejorado algo.

Y no es solo porque «estar algo mejor» no suena tan glamurosa como lo que ofrecen el corto y el largo plazo. También es porque se percibe que el dolor y malestar que se experimenta ahora, se experimentará a lo largo de todo el camino, hasta que llegues a la meta. Pero no es así exactamente. Según vas mejorando, te vas sintiendo mejor. Y entonces cada vez es más fácil. Cuanto más asciendes en el pozo, más luz ves. Y la luz es agradable. Muy agradable.


Ten fe en el medio plazo.

Ánimo.

El humor contra la muerte

Esta semana mi hermano se ha operado de la miopía, por lo que ya no es un gafotas.Y me jode, porque ya no tengo nada contra él. En plan cosas que le pueda echar en cara.

El caso es que la operación de la vista de un poco miedo. Te hacen firmar formularios en los que dicen que si te dejan ciego, te jodes, con lo que aunque no sea probable, dejan esa posibilidad abierta. Así que mientras le deseaba suerte por whatsapp, casi escribo «si te quedas ciego te iré a leer todas las tardes». Me parecía lo correcto. Me parecía divertido. Pero no lo puse porque pensé que sería de mal gusto, y le pondría nervioso. Pensé en poner luego «bueno, si te quedas ciego, así no tienes que volver a Andrea». Andrea es su novia. Por lo que era divertido. Pero tampoco lo hice.

Luego me pregunté por qué tenía la necesidad de bromear en ese momento. No era por joderle, sin duda. Era porque yo estaba aterrorizado ante la posibilidad de que le pudiera pasar. Y si por lo menos podemos bromear con ese escenario, siento que reduzco la tensión. Aunque en mi experiencia diaria, cuando hago cosas así, la gente no reduce la tensión, sino que se enfada conmigo. Y no lo entiendo mucho.

La gente siempre habla del humor negro, del humor jodido, y retorcido, como un elemento de provocación. No me interesa ese elemento. Otros lo utilizan como herramienta para romper tabúes y atacar el poder. Tampoco me interesa ese elemento. Los tabúes ya están rotos, no estamos en los 1960. Ni en 1560. No estás siendo un héroe por decir burradas, solo estás insultando de gratis. Esos tiempos ya pasaron, y las personas que pagaron con sus vidas por abrir esos caminos deben de ser respetadas. Desde Lutero hasta Lenny Bruce. Tú y yo no somos uno de ellos.

Yo uso el humor negro para combatir la antusgia de existir. Cosas horribles pueden pasar todo el rato. De hecho, van a pasar. Todas las personas que conoces van a morir, muy posiblemente de forma agónica e inesperada. Lo cual es más grave todavía que el hecho de que tú mismo vayas a morir de forma agónica e inesperada, y los que estén en tu vida en ese momento, tendrán que comérselo. La vida puede pasar de algo manejable a algo insoportable en el tiempo que dura un latido de corazón.

Por eso yo utilizo, desde pequeño, aunque no sabía por qué lo hacía entonces, el humor más negro, retorcido y chungo que puedes encontrar. Porque creo, que si imaginamos la peor situación posible, y aún así conseguimos reirnos de ella, entonces, si nos sobreviene, podremos con ella. Sea lo sea lo que pueda pasar, si podemos reírnos, podremos soportarlo. Ese es el propósito de la comedia para mí. Esos son los límites del humor. El humor es la herramienta para acabar con el miedo. Se puede hablar de cualquier tema, si hacerlo alivia.

Mi hermano está bien, por cierto. Me acabo de acordar, según escribo esto, que cuando yo tenía ocho años, y empecé a tener miedos muy diversos por la noche que hacían que mi madre tuviera que dormir conmigo, costumbre que mantenemos hasta hoy. Qué pasa. Cada uno a su ritmo.

Uno de ellos era despertarme al día siguiente completamente ciego. Por lo que encendía la lamparita de leer al lado de la cama, y miraba la esfera de mi reloj, para recordarla para siempre, memorizarla, en caso de que la vista me fallase al día siguiente. Y luego otros elementos de la habitación. Al rato, presa del miedo, me iba al cuarto de mi hermano, que tenía cinco años o así, y encendía discretamente la luz, y le miraba, memorizando los rasgos de su pequeña cara estúpida, para recordarlos el resto de mi vida, porque a esas alturas de la noche, era una certeza para mí que al día siguiente me levantaría completamente ciego. Treinta años después, solo tengo un poco de astigmatismo.

Querido hermano, sigues siendo un gilipollas con gafas o sin gafas, pero créeme que hubiera ido a leerte todos los días el libro de Barbijaputa, si el cirujano hubiera estado un poco resacoso y te hubiera metido el bisturí hasta el nervio óptico. Es más, estoy por ir a leerte a casa todos los días anyways, a ver si espabilas un poco, que estás un poco verde.

Y a continuación, un chiste sobre terrorismo islámico.

Crónicas Hipergámicas

Yo siempre he sido nuevas masculinidades, desde la primera erección, a los doce años. O cuando fuese, da igual. Desgraciadamente, ésta se mezcló poco después con una masculinidad tóxica chunguísima, añadida cuando empecé a interesarme por el cine. O sea que por un lado te lo daba, pero por otro te lo quitaba. Intentaba ser Brando, Al Pacino, o De Niro, teniendo la personalidad de Screech. Madre mía las que liaba.

Por eso, cuando más o menos en 2007 me puse las gafas moradas, empecé a flipar. Te hacía un análisis de género de todo. Y antes de que fuera comercial. Los anuncios. Mira los hombres conduciendo los cochazos de alta gama, nunca una mujer. Los carteles de las películas. Mira Matt Damon, en el cartel de Los Ángeles del Destino corriendo delante de la mano de la guapa chica, a la que lidera, él le muestra la dirección a ella, le dirige. Tiene pinta de ser la misma mierda que Bourne. Y ella tiene la mitad de edad que él. O Mission Imposible, urgghh. Qué ascazo. O aquella serie que veía mi hermano con su novia de entonces, que era una basura, la serie, no la novia, en la que un tío “solucionaba” todos los problemas que había. Ray Donovan, o no se qué. Menudo asco. «Eso que ves es masculinidad tóxica de la chunga». Le echaba yo la bronca a él.

Claro, luego me tomé un smint de sandía (¡qué ricos los smint!) ,y me di cuenta de que esos papeles no están ahí porque esos sean los roles intenten imponer sobre las mujeres, que sea lo que de natural les mola a ellos, y disfruten viendo a machotes hacer cosas de machotes. Están ahí, en las pantallas, para el disfrute de todo el público, porque son los hombres que a ellas les gustan. Y cuantas más amigas feministas tengo, y más veo la disonancia entre los hombres que dicen querer, y los que eligen, más me reafirmo en esta creencia. Las mujeres odian a los hombres débiles, y por algún motivo es nuestra culpa. Macho opresor: deja de ser una puta nenaza. El girito.

De ahí esa frase que vengo repitiendo desde hace unos años: el patriarcado, si existe, son ellas. Nosotros no somos ese tío. Y si lo queremos ser, es para que nos quieran. Pero no es nuestro natural. No somos Daniel Craig dando hostias con el smoking. No somos Tom Cruise haciendo caballitos con la moto. No somos Bruce Willis de resaca salvando él solo a la población entera de Los Ángeles. (Dios mío tengo que actualizar mis referencias) (qué más da) (coronavirus make it easy for me).

Todos esos hombres, no son el hombre medio. Esos hombres son, te lo digo yo, más o menos el 7% de los hombres. ¿Por qué sé que son el 7%? Porque es lo que dice el Big Data. Antes del Big Data solo teníamos pequeñas muestras sobre lo que les interesaba a las personas. Nuestro estudios eran científicos, pero no eran muchos. Un dato que desconoce la gente: prácticamente todo el conocimiento acumulado sobre conducta humana ha sido analizando a estudiantes universitarios, a cambio de unas décimas más en la nota final. Ésto llevó hace unos años a la publicación de un artículo científico haciendo una enmienda a la totalidad de la ciencias sociales, al decir que todos los sujetos de análisis son del grupo WEIRD (palabra formada por las primeras letras, en inglés, de Occidental, Educado, Industrializado, Rico, y Democratizado, que aunque se presente como acrónimo, forman esa palabra, que singifica raro). Estudiantes pijos y blancos, vamos. Por tanto no representan a la población mundial, son estudios sesgados, y hay que tirarlos a la basura. Los estudios. A los estudiantes, de momento no.

El caso es que ahora tenemos un número elevadísimo de muestras y de conclusiones automáticas, gracias a las apps, que avalan cientas cosas que la antropología ya sabían desde hace algún tiempo: en Tinder las mujeres solo encuentran aceptables al 7% de los hombres. El resto somos las sobras. El girito, nuevamente, es que a los hombres nos gustan las mujeres siguiendo una distribución normal. Es decir, unas pocas nos parece que están muy bien, otras más nos parece que están bastante bien, y la mayoría nos gustan, siendo simétrico hacia el lado negativo del espectro (unas pocas nos parecen horribles, un mayor número nos parece que no están muy bien, y la curva se va haciendo más alta hasta llegar a la mitad) . Pero a las mujeres, según ellas mismas, el 93% de los hombres son sencillamente intolerables. Ni con un palo. Ni con una palo atado a un palo. Aunque el palo esté desinfectado. Y eso que estar desinfectado is the new sexy (coronavirus, gracias por tanto).

En nombre de todos, os pido perdón. Entiendo que la cosa no vaya bien. Entiendo y la rabia y la frustración. Aunque salga por otro lado. Feliz 8-M a todas. Y un abrazo muy fuerte.

Vuelve a casa

He grabado un temita. Es una canción de Gun Club, aunque la original no significa nada para mí. De hecho, veintiún años después de escuchar esta canción por primera vez, todavía no sé muy bien ni quién cojones son Gun Club. Unos, supongo.

Esta es la canción que abre el disco de versiones de Mark Lanegan de 1999, «I´ll take care of you». Mark Lanegan es la mala suerte hecha música. El artista peor tratado por la vida de la historia de la vida. Ya a principios de su carrera los periodistas musicales bromeaban con ello, y treinta años y ochopocientos discos después (literalmente ochopocientos), sigue siendo injustamente ignorado.

Yo le conocí en el 2001 en Radio 3. Casi me cago encima. Mide seis metros o siete. Más tarde, en 2005 nos le encontramos en la parte de atrás de una conocida sala de conciertos de Madrid, merodeando como ratas a ver si conseguíamos que alguien nos diese entradas gratis, y él lo hizo. Nos dió como seis o así. Un amigo casi le quema las cejas con el mechero al darle fuego. Estábamos super emocionados.

Recuerdo llegar de seletividad, en lo que fue mi puto Vietnam, si después de Vietnam la Guerra Fría hubiera estallado. Lo pasé fatal. Llegué a casa de mis padres, después de dos días sin dormir, llorar y excretar cortirsol, y me puse el disco mientras me cambiaba, y luego me bajé a dormir al sótano. Al tumbarme recuerdo que sentí que me faltaba el aire, porque había quitado el prístino sonido que salía de la cadena de música. Así que volví a subir, y puse el disco. Y escuché esta canción, al borde de la mierda como no había estado en la vida, hasta entonces. El sonido llenaba toda la habitación. El sonido era el espacio mismo.

Nota divertida: no tenía ni idea de que «Willow garden» era jardín de sauces. Llevo veinte años escuchando el tema sin saber qué decía eso. No hay cosa más bonita que tardar veinte años en conseguir apreciar algo totalmente. Si no es muy importante, claro. Si es algo que te lo permite. Algo que te espera.

Te aconsejo que escuches el disco original, es una maravilla. Rezuma heroína: https://open.spotify.com/album/2YtD9MsOycw9Wq1X4t32B1

La Ley Chochito

Imagina que el Ministro de Sanidad nos dijese que para atajar la crisis del coronavirus, lo que hay que hacer es ordenar la ropa en el amario por colores. Nosotros le diríamos, Ministro Illa, Salvador, eso es una tontería. Imagina entonces que él nos dijese “Pero bueno, qué pasa, es que no queréis solucionar el problema?” Y nosotros le diríamos, “No, Ministro, Salvador, queremos solucionar este problema, pero es que lo que usted dice no tiene mucho sentido”. Pero imagina que antes de que pudiéramos seguir argumentando, él se arrancase muy indignado con un “¿Es que queréis que muera gente? ¿Es que os dan igual las personas mayores? ¿Queréis que se mueran mis padres? A lo mejor cuando se mueran tus padres de coronavirus te arrepientes de haber puesto trabas a la lucha contra esta terrible lacra ”. Y claro, ya nos pone en un brete. Porque nadie quiere que se mueran los padres de nadie. Salvo los suyos propios, cuando uno es adolescente.

Pero a lo mejor, si superamos nuestra confusión y culpabilidad por haberle llevado la contraria a una persona que se ha puesto muy seria, podríamos decirle “Ministro, estamos de acuerdo en que hay que poner todas las medidas posibles en la lucha contra el coronavirus, es más, no hay atajos en la lucha contra el coronavirus, solo que quizás podríamos utilizar medidas más eficaces, como por ejemplo hacer agujeros con el taladro en la pared del salón, formando un patrones simétricos”. Pero él se agita mucho ante esta propuesta de consenso, y nos empieza a acusar directamente de ser parte del coronavirus. Tras un buen rato de discusión, puede que incluso acabemos faltándole el respeto al Ministro, lo cual estaría feo, ya que él es Ilustrísimo, y deseando la pronta muerte de sus padres.

Análogamente, la nueva ley esa antipiropo, no sirve. Totalmente a favor de luchar contra el acoso callejero. Nadie ha ligado nunca diciéndole a una tía una sandez, por lo que si los hombres dejan de decir cosas a las tías por la calle, nadie va a perder nada. Pero no de esa forma, porque es una chorrada. Es una tontería. Y nadie lo dice, porque tienen miedo. Tienen miedo de que les digan que son personas horribles. Nadie dice, Ministra Montero, Ire, esa ley es una estupidez. Porque al contrario que el Ministro Illa, la ministra Montero, Ilustrísima también, nos dirá algo así como “¿Qué pasa es que estás a favor del acoso a las mujeres?” Y claro, nos sentiremos mal con nosotros mismos, tristes y confundidos.

No se puede llevar a cabo, porque el acoso callejero que intenta castigar, se lleva a cabo por desconocidos. Aunque haya testigos, ninguna tía va a ir a una comisaría a decir “un tío me ha dicho que vaya chochito”. El policía dirá, vale, y quien es. Y ella dirá. Pues uno. Y el policía dirá: y como le encuentro. Y ella dirá, no lo sé, pero cumple con la ley, hijo de puta. Y él pensará, madre mía, y yo que me metí en esto para acabar con ETA. Y en eso se quedará todo. Por lo que en la práctica, esto solo será un instumento a disposición a las mujeres para hostigar y/o castigar fácilmente a hombres de su entorno con los que tienen algún problema personal.

Yo solo estaría a favor de esta Ley si la llamasen Ley Chochito. Solo por escuchar a Meritxel Battet anunciar la votación de La Ley Chochito en el Congreso de los Diputados, para mí ya merecería la pena. Me imagino a los diferentes portavoces argumentando a favor o en contra de la Ley Chochito. Abascal diciendo “¡La ley Chochito es liberticida!”, y Carmen Calvo diciendo “¡La Ley Chochito es el mejor instrumento para proteger a las mujeres!”, y el portavoz del PNV, Aitor Esteban, diciendo “Estamos a favor de la implementación de la Ley Chochito, pero con moderación”. Eso sería divertido. Eso bien vale un arresto domiciliario.

Memento mori, memento moro.

¿Tienes algo mejor que hacer que ser musulmán? Las tías son un rollo. Trabajo no hay. Beber te sienta mal. Las drogas dan esquizofrenia. El chopped no es gran cosa. Ver la tele es casi lo más divertido que hay para hacer, y no es pecado. Salvo que salga Lenha Dunham.


La religión por lo menos es un plan ambicioso. Algo estructurado. Ayer me tocó en sala con un nuevo compañero, un pakistaní cincuentón, muy distinguido y muy guapo, con un jersey de Máximo Dutti. Lo sé porque le compré uno igual a mí padre por reyes (son caros). Supongo que entre eso y el aire moruno tenía ganas de darle un abrazo nada más conocerle.


Como todos los musulmanes, lo primero que me preguntó es que si yo era musulmán. Le dije que un poco, cosa que le satisfizo. Luego me preguntó si yo practicaba, le dije que no. Luego me preguntó si mi padre practicaba, y yo pensé, man, this is going too far. Pero le veía ahí a su bola, andando por la sala con su jersey con coderas, con sus movidas religiosas y me daba paz. Porque me di cuenta de que en el fondo se la sudaba lo que yo le dijese, porque él ya tiene su movida. Y me dió envidia.


No sé, cuando en el fondo deseas que llegue el coronavirus y haya cuarentena, es que las cosas no van bien. Y cada vez que hago este comentario, el de la cuarentena, a modo de broma, y lo he hecho como 70 veces en las últimas 48 horas, todo el mundo parece seguirlo con un extraño brillo en los ojos. Creo que en el fondo ellos también lo desean. Todo el mundo está cansado. Todo el mundo quiere encerrarse en casa y no salir, hasta que algo les mate.


¿Por qué se considera entonces que la religión es de tontos? ¿Es que a todo el mundo le va tan bien? ¿Quién es el tonto realmente? No contestes. Sé lo que vas a decir. Que el tonto soy yo. Ya lo sé. Pero por lo menos no soy un infiel hijo de puta.

Maduro

No me gusta tener libros en casa. Por lo general, me recuerdan a un periodo de mi vida del que me arrepiento. O simplemente, algunos ejemplares me traen malos recuerdos. A veces me siento traicionado por las ideas de ese libro, en las que ya no creo. O a lo mejor me siento traicionado por la persona que me regaló ese libro, en la que ya no creo. Tal vez es un libro que despertó expectativas en mí que luego no se cumplieron, y me da pena. O simplemente era un periodo malo de mi vida en general, y me da asco ver el libro por el simple condicionamiento pavloviano, sin poder especificar un motivo concreto.


Ahora estoy en un periodo bueno, o sea que a lo mejor es el momento de acumular mierdas, con vistas a que sirvan de ruinas, algún día. Ruinas de los palacios en los que viví momentos felicies, con la idea de que contemplarlos me sirva de inspiración para futuros momentos difíciles. Cualquier excusa es buena para gastar dinero. Gastar dinero es divertido.


A continuación, una definición tentantiva de madurez: madurar es predecir que lo que sientes ahora, posiblemente no lo sentirás luego. Cuando no eres maduro, piensas que lo que sientes ahora, es lo que vas a sentir siempre. Y entonces mandas a tomar por culo a alguien, o tomas una decisión drástica. Madurar es no fiarse de uno mismo. Es esa duda en una esquinita de tu espacio mental que dice “a lo mejor dentro de un rato no siento esto”. Otra voz dentro de ti se opone a esa disidencia, y dice “estoy seguro de que esto es verdad, y lo voy a sentir así siempre» . Entonces aparece una nueva voz, que no había existido hasta entonces. Es el Secretario General de tu organización, y dice, “volvamos a reunirnos mañana, veamos si el disidente es capaz de convencer a la mayoría de los miembros aquí reunidos. Será entonces cuando procederemos a la votación”. Y entonces no dejas a tu novia. O no pides un crédito. O no insultas a tu jefe. O no mandas un correo furioso a un amigo. O no te pides otra pizza.


Madurar no es saber más cosas. Madurar es saber cuales son importantes.

Distintas e incompatibles tonalidades de rojo

Desde hace unos años utilizo de forma caprichosa y deliberadamente errónea los términos “anarquismo” y “comunismo” al hablar de relaciones sociales. Digo de forma caprichosa, porque es una forma bastante banal de hablar de hablar de cosas tan importantes. De andar por casa. Errónea, incluso. Es el comunismo de las pequeñas cosas. El anarquismo de los detalles. Una figurita de mazapán de Bakunin, contra el stalincito que todos llevamos dentro.


El enfoque comunista de las relaciones sociales según mi definición es el siguiente: la gente ha de ser buena, leal, honrada, todos debemos de ayudarnos los unos a los otros, y es horrible que la sociedad no aspire a ser así. Fraternal y amable. Bondadosa. Los que no comulgan con esto, son unos hijos de puta. El fin último y supremo de esa visión es el bien, un bien común, y el instrumento para llegar hasta él es el cambio. Por otro lado el enfoque anarquista de las relaciones sociales es el siguiente: deja en paz a la gente, y que cada uno haga lo que quiera, con la única condición de que también me dejen a mí en paz. El valor supremo de esta visión es la libertad, y el instrumento para llegar a él es el respeto más absoluto. Los que no comulgan con esto, son unos pesados. Los dos enfoques están bien, las dos tienen un fundamento teórico consistente, y los dos merecen la pena. Pero son incompabiles.


Las tardo-feministas pasan del anarquismo al comunismo de una manera sorprendente. Realizan un completo análisis de todos los comportamientos del hombre y qué deben hacer éstos, o los gobiernos, para cambiarlos, pero cuando el péndulo de la conversación, que ellas mismas han iniciado, vuelve hacia ellas, zanjan la conversación de forma taxativa, con extrañas aparentes tautologías muy efectistas que proclaman que una sola crítica u opinión sobre ellas, no es más que una prueba más del machismo que denuncian. Es muy extraño, y lo veo practicamente todos los días. Yo no sé si es que nadie se ha dado cuenta de ello. A lo mejor sí que se han dado cuenta, pero les da igual, porque están muy entretenidos con el tema.


O todos hacemos lo que queremos porque esa libertad es nuestro derecho inalienable, o todos somos objeto de crítica exhaustiva ,porque somos parte de un complejo sistema en el que todos somos piezas cuya existencia afecta a los demás. Decidiros, coño. No se puede ir a todo.

Yo en este terreno soy comunista. Estoy dando la turra todo el día a todo el mundo. “Ayudándoles”, incluso, me digo a veces. Me molesta cuando no hacen las cosas que deben de hacer porque creo que hacen que este mundo sea una puta mierda. Me molesta que sean bordes, desconsiderados, o no sean leales. Pero no me gusta mucho ser así la verdad. Es agotador. A lo mejor me paso al otro bando.

Eso es Hegel

A principios de esta semana, estaba charlando con H. en sala, durante el cambio de turno. Supongo que le estaría dando algún frenético discurso sobre algo incoherente. En determinado momento, comencé una de las líneas argumentales que he ido desarrollando estos últimos meses. Hablar conmigo no es muy agradable a veces. Es como que tengo unos archivos de audio, grabados con anterioridad, y yo simplemente le voy dando al play cuando tú has acabado de decir lo tuyo. Y generalmente, ni siquiera he prestado atención a lo tuyo. Tengo que corregir eso.
El caso es que estaba balbuceando algún rollo del estilo “mira, yo de lo que me he dado cuenta es que cada uno va a lo suyo, cada uno hace lobbing por lo suyo, y eso está bien… no pasa nada… ¡así es como avanza la sociedad! Nadie mira por el conjunto, aunque finjan que sí, simplemente defienden lo suyo, y los otros defienden otras cosas, y el resultado de la fricción entre esos bloques es lo que llamamos progreso”. Y el, tranquilamente, casi sin darse cuenta, dijo, “Ya. Eso es Hegel”. Y me quedé con la boca abierta. Y tres días después sigo con la boca abierta. Como cada vez que entiendo algo, tras mucha mucha deliberación, y fruto de la experiencia. Una verdad que poco después descubro todo el mundo conoce y da por sentado. Un conocimiento básico que viene de serie con la madurez, que entra en el cuerpo unificado de conocimientos conocido como el sentido común, y que yo he adquirido tras mucho esfuerzo, después de dar vueltas alrededor de una farola durante años como un tonto.

Y no pasa nada, eh. Cada uno a su ritmo.

Así que sí. Eso es Hegel. Inmediatamente me vino a la cabeza el conocimiento fragmentario que había adquierido en el instituto sobre ese señor. Lo de tésis, antítesis y síntesis.
Así que así es. Las feministas defienden lo suyo. Los padres separados defienden lo suyo. Los animalistas su movida, los taurinos la suya. Los ecologistas, los empresarios, los trabajadores públicos, la patronal, los sindicatos. Tu padre. Tu madre. Todo el mundo defiende su movida. Y así es como hemos conseguido, milagrosamente, al cabo de 400.000 años, llegar a esta armoniosa sociedad. ¿No es maravilloso? A nadie le importa el conjunto. A nadie. Dicen que sí, pero no. Si eres pobre votas izquierdas. Si eres rico, votas derechas. No sé si es triste o no. No sé si lo estoy simplificando o no. Es como una orquesta en la que nadie sigue una partitura o a un director, todos están intentando colar notas de su propio solo, y el resultado es la sinfonía de la historia de la humanidad. Y a veces, suena hasta bien.