El mundo piruleta

Le debo mucho a la Terapia Racional-Emotiva. Pero no tanto. Creada por Albert Ellis en los 50, vino a romper con un psicoanálisis que muchos, entre ellos el propio Ellis, practicaban, y sentían que era un poco una tomadura de pelo.


El y Beck (no Jeff Beck, otro Beck), empezaron a darle más importancia a aquellas cosas que el paciente se decía a sí mismo en terapia, que a los recuerdos, traúmaticos, o no, de su infancia. Esos pequeños comentarios entre historia e historia, por ejemplo “siempre me equivoco” o “o soy una puta mierda”. Dijeron, que le den por saco a la fase anal, oral y a la transferencia, vamos a centrarnos en esas ideas.


La terapia racional emotiva, que vino a englobarse en lo que luego serían las terapias cognitivo-conductuales, siguen la siguiente premisa. Primero recibimos un estímulo de nuestro entorno. A continuación, tenemos un pensamiento (2) sobre ese estímulo. Posteriormente, tenemos una emoción (3) como consecuencia, ojo, de ese pensamiento, no de ese estímulo. Por lo tanto, si cambiamos el pensamiento que sucede al estímulo, podremos cambiar la emoción que sentimos, y nuestra vida en general. Lo cual es prometedor, pero, os aseguro, agotador.


Se han vendido y se siguen vendiendo cientos de millones de libros sobre esta terapia, a menudo en la sección de auto-ayuda de tu librería más cercana. Wayne Dyer vendió 50 millones de copias de «Tus zonas erróneas».  El que yo leí, que me dejó flipado, fue “Ayudarse a sí mismo” de Lucien Auger, que explicaba perfectamente la terapia con este ejemplo al principio del libro: estás en el metro y alguien te golpea (estímulo). Piensas “menudo hijo de puta, por qué me ha golpeado” (pensamiento), y sientes una tremenda ira (emoción). Cuando ya has sacado el bardeo y te dijeres hacia él para destriparle, te das cuenta de que esa persona es ciega, y te ha golpeado sin querer. Entonces llega otro pensamiento (pobre hombre) y otra emoción, posiblemente compasión. ¿Cómo es posible que un estímulo (que te golpeen) puede generar dos emociones diametralmente opuestas? Esto es lo que este tipo de terapeutas vio como una llave hacia la libertad. Sea lo que sea que pasa en mi ambiente, puedo pensar lo que quiera sobre ello, y me sentiré bien. Aunque esté en un campo de concentración. Solo tengo que montarme mi propia película en la cabeza de que todo es espléndido. El mundo piruleta.


Más aún, Albert Ellis estableció una serie de creencias, que nos habrían sido inculcadas, según él, y que denominó pensamientos irracionales. Podéis ver como a un joven izquierdoso e idealista como yo, fue fácilmente seducido por esta terapia, porque Albert Ellis con su lista de creencias irracionales, fue más antisistema que todos los diputados de la CUP y Bildu bailando sobre la tumba de Marx. Estas son las tres fundamentales: (podéis encontrar una lista bastante maja aquí con el el resto):

1 . “Es una necesidad extrema para el ser humano adulto el ser amado y aprobado por prácticamente cada persona significativa de la sociedad”
2.”Para considerarse uno mismo valioso se debe ser muy competente, suficiente y capaz de lograr cualquier cosa en todos los aspectos posibles”.
3.»Cierta clase de gente es vil, malvada e infame y que deben ser seriamente culpabilizados y castigados por su maldad”.

En resumen, da igual si te quieren o no, da igual que uno haga cosas, o no, y como corolario: que la gente haga lo que le salga de los cojones.


Esta lista de ideas se convirtió en los mandamientos de una nueva religión. Y niegan por completo la naturaleza humana. Son muy atractivas, porque ofrecen un gran alivio, y te empoderan (aggg, lo que se ha ensuciado esa palabra tan valiosa, da cosa usarla en 2020). Son radicales, casi post-modernistas. Pero los humanos no funcionamos así, desgraciadamente.

Por ejemplo, la primera, niega la necesidad evolutiva de ser queridos. Es una puta mierda, pero somos así, viene de serie. Es evolutivamente deseable que el bebé busque ser querido por su madre, para ésta no le tire al río. En la segunda creencia, hace una loca negación de la autoestima derivada de lo que uno hace en la vida. De nuevo, ojalá fuese así. Pero necesitamos sentirnos competentes, necesitamos sentir que progresamos, que avanzamos, que lo que hacemos tiene sentido. Es algo que está dentro de nosotros, no ha sido aprendido. Cuando cumplo un objetivo que me he propuesto, cuando mejoro, siento satisfacción que trasciende la educación recibida.

El otro problema es que es absolutamente amoral. Uno de los que se ha forrado con esta terapia es Rafael Santandreu, al que un día vi en la televisión pública decir algo así como que, si no te llevas bien con tus padres, y te generan malestar, deja de hablarles. Bórrales de tu vida. Lo que más me molestó es que dijo “la psicología nos dice que no les necesitamos”. No. Tú psicología Rafa, no LA PSICOLOGÍA. Si tus padres te dan dolor de cabeza, que les follen. Pues no sé. A lo mejor deberían de haberte tirado al río cuando eras bebé.

Además es que es agotador. Los psicólogos llaman a este proceso “reestructuración cognitiva”, que suena muy fancy, y muy científico. Te mandan tablas en las que tienes que anotar las cosas que te pasan durante esa semana, a continuación tienes que anotar qué pensaste cuando te pasó esa cosa, y luego como reaccionaste a ella. Deberes. Psicólogos que te mandan deberes. Recibimos cientos de miles de estímulos todos los días, y pensamos miles de veces sobre algunos de ellos todo el rato, teniendo emociones casi constantemente. No podemos estar reestructurando todo el día. Uno tiene que hacer otras cosas. Como ver Netflix o ir al kebab.

Lo más valioso de este conjunto de terapias es, en mi opinión, que te enseñan a descubrir que hay cierta distancia entre lo que te pasa, lo que piensas, y lo que sientes. Te fuerza a dudar de tus pensamientos. Generalmente lo percibimos todo de golpe. Me ha estafado-es un hijo de puta – voy a pegarle. Todo eso en un segundo. He suspendido – es una catástrofe que no me gradúe este año – no valgo puta mierda. Medio segundo. No ha contestado mi mensaje – no le importo – nadie me quiere. Veinte milésimas de segundo. Ver que hay cierta distancia entre tú y tus pensamientos, no solo te puede llevar a una vida mejor, sino puede que incluso puede que te haga llegar a la conclusión de que tú no eres tus pensamientos. Y esa es la mandanguita que a mí me da la vida.

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