Estevia y la otra mejilla

El placer no da la felicidad. El placer da placer. No entiendo en qué momento se creó esa extraña conexión. Es posible que lo hicieran los malditos publicistas cocainómanos. O a lo mejor lo hizo Dios, para que no estuviéramos todo el día a la sombra de la higuera, con los brazos cruzados, preguntándonos qué hacemos aquí. (Quién sabe.)

El placer es una especie de chantaje que te hace la vida para hacer cosas que son importantes, y que no haríamos sin un pequeño chute sensorial. Pero asociar placer a felicidad, asociación que sucede de manera automática en nuestro cerebro, y en el imaginario colectivo, es un error. Es falso. Es como decir que el agua es hidrógeno. No, el agua lleva hidrógeno. Es bastante distinto. Nadie en su sano juicio iría a una tienda a comprar agua, y enterándose de que no queda, preguntaría, «¡vaya! ¿y no tienes algo de hidrógeno?, con un par de moléculas me vale». Pensaríamos que está loco.

De hecho la persecución del placer suele acarrear bastante infelicidad, en forma de embarazos, enfermedades de transmisión sexual, mal de amores, adicciones, diabetes, hipertensión y otras calamidades, algunas de las cuales están en la Biblia. Otras en Mercadona.

Por ello, para prevenir los efectos perniciosos del deseo, en su momento hubo que crear las religiones (o Dios las creo para echarnos un cable, según tu opinión sobre el tema), y los sobrecitos de estevia.

Otra de las grandes sorpresas de este siglo XXI, que no da para sustos, es que el ayuno está de moda. En una sociedad agotadora e hiperestimulante, mucha gente no siente nada. Por lo que voluntariamente se privan de comida, agua , higiene, internet, relaciones sociales o sexo, para resetear sus receptores dopaminérgicos, y luego volver a la vida sintiendo algo.

Es un tema interesante el del deseo y la privación. Este año lo hemos explorado en profundidad. ¿Recordáis cómo echábamos de menos algo tan sencillo como pasear mientras estábamos confinados?. Uno llegaba a pensar que solo con andar al aire libre 20 minutos al día sería feliz el resto de su vida. Pero ya ves. Aquí estamos, paseando tristes como siempre.

Yo siempre me pregunto qué preferiría si me dieran a elegir, que se cumplieran todos mis deseos, o no tenerlos. Tengo una duda razonable. La idea de tener todo lo que quieres es atractiva, pero no sé, creo que elegiría no desear nada en absoluto.

Y es que creo que después de cumplir todos mis deseos, no sentiría nada. Pero sin embargo, si viviera sin sentir deseo alguno, algo insospechado pasaría. Es una intuición, no una certeza. Algo agradable. Algo permanente. Algo difícil de describir con palabras. Como la suave brisa que llega por sorpresa en medio del verano. Como los últimos rayos de sol en un parque al final del día. Como tu madre pasándote la mano por el pelo. Como encontrarte alguien de tu barrio que te cae muy bien en la otra punta de la ciudad.

Algo así.

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