La polisemia del insulto

Los insultos no valen solo para insultar. Otra función del insulto, que suele dar lugar a malentendidos en los homo sapiens-sapiens, es la de expresar afecto. Esto se ve mucho en los hombres, a los que nos cuesta un poquito más trasladar nuestros sentimientos hacia los demás, al ser esto considerado poco masculino (esto es, poco productivo).

Así, en las barras de los bares, alguien llamará muy ruidosamente hijoputa a su interlocutor, mientras le da una sonora palmada en el hombro, o le dirá algo desacomplejadamente racista a su compañero de trabajo, en presencia de trabajadores nuevos. Lo que está indicando a los demás es “me llevo tan bien con esta persona que me permite estas licencias, que a vosotros no os permitiría”. Cuanto mayor es la ofensa, mayor se infiere que es la confianza entre los que la intercambian. Es extraño, y un poco contraintuitivo. Como lo es el propio homo sapiens-sapiens

Por eso cuando las afroféminas se quejan de que les dijeron esto o lo otro, yo no sé qué pensar. Por ejemplo, “puto moro” es una expresión que he escuchado cada día de mi vida escolar, junto a otras ofensas similares más o menos ingeniosas. ¿Fui objeto de racismo? Puedo decir, con orgullo, que ni una sola vez. A pesar de que podría acudir a un relato dramático, he de decir que siempre me sentí bastante querido y apreciado entre mis compañeros, y nunca he sido discriminado, ni en la escuela, ni en ningún sitio. Este es un gran país. 

Esa era una expresión dirigida a mí por mis amigos, en el frenético intercambio lingüístico adolescente, y hacerlo implicaba cierto grado de confianza. Obviamente no podía decirlo cualquiera. Por así decirlo (y perdón por el enorme salto de fé que le pido al lector), que tú me digas eso, implica que tú te has ganado el derecho a decirme eso. Implícitamente, yo te he dado el permiso. Y lo bonito de esto, es que en nuestras mentes adolescentes, a las que todavía les faltaba un puntito al microondas, así era cómo se tejían los afectos y las lealtades. 

La realidad es una cosa compleja. A veces las palabras son partículas cuánticas que significan eso mismo, y lo contrario a la vez. Los sentimientos detrás de las palabras son más importantes que la literalidad de éstas. Y el acoso o la discriminación son fantasmas sutiles. Peor que cualquier insulto, es el silencio o la indiferencia, que son cuchillos afilados que se te clavan muy dentro. Sin embargo, nadie puede imprimir el silencio. Y mucho menos tuitearlo veinte años después. 

Mi vecina de enfrente, por ejemplo, es una señora mayor que parece una mafiosa en un programa de protección de testigos. Es muy bajita, y siempre va con unas Ray-Ban negras gigantes, y fumando, incluso  en interiores. Supongo que para que los del FBI no puedan leerle los labios. Cuando me presenté, en el ascensor, yo estaba nervioso, ya que tenía la autoestima por los suelos, y quería causar buena impresión. Tras decir mi nombre, que suena a inventado, aclaré, como suelo hacer, que éste era de origen árabe. Ella bajó la mirada al suelo, y respondió dulcemente “no pasa nada”. Como diciendo, todos tenemos fallos. Como diciendo, nadie es perfecto. Como diciendo, mi hermana también tiene un hijo que es subnormal, y aún así le queremos. Fue un poco una faltada, pero a mí me pareció la cosa más bonita del mundo.

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