Las nuevas malas personas

Le preguntaron al poco conocido cómico Joe List sobre sus tendencias políticas. Su respuesta hizo que brotase espontaneamente una sonrisa de mis labios.  Dijo, escucha, dijo: “yo soy de izquierdas de los 90”.

¿Qué es ser de izquierdas de los 90? Es una versión simplificada e inocente del concepto tradicional de izquierda. Una versión atenuada por el recuerdo del sueño hippie, y el conocimiento del horror al otro lado del muro. La izquierda de los 90 consistía en una amabilidad y benevolencia hacia los demás. Cursiladas como “tolerancia”, “respeto” o “diálogo” eran ampliamente mencionadas. El Progreso significaba que todo el mundo pudiera amar a quien quisiese, y ser como quisiese. Que las mujeres pudieran hacer lo que quisieran sin ser juzgadas. Que las antiguas formas y maneras de vivir no tenían por qué ser las nuestras. Era una izquierda que simpatizaba con lo freak, con lo raro, con lo marginado, con lo que se salía de la norma. Las excentricidades eran bienvenidas. Era una izquierda que buscaba la contra-cultura, y  se regocijaba en lo alternativo. Una izquierda que tenía simpatía y sana curiosidad por otras culturas, sus costumbres, sus comidas, su música. Este interés era visto como una forma de luchar contra el racismo y la intolerancia, como un gesto de hermanamiento entre pueblos. La izquierda de los noventa era tremendamente atractiva para los perfiles creativos y compasivos adolescentes, utópicos, no muy intelectualizados, con ganas de romper con la tradición. La izquierda de los 90 era ser amable. Era aceptar lo diferente. 

Ahora el asunto es bastante retorcido. Las trampas de la razón no solo generan monstruos, también los esconden. Bajo capas y capas de libros, y artículos,  y tesis doctorales, se esconden auténticos monstruos autoritarios, tóxicos, que mandan porque han leído, cierran bocas y sientan cátedra por ser quienes son, y no por lo que han hecho. Una auténtica mina para hijos de puta, que han visto que tenían una oportunidad para ejercer la tiranía bajo el amparo de su estatus de víctima, morar en la mentira, ser agresivos, preferentemente de forma pasiva. Engendros que te intentan convencer de que eres lo que no eres, y te hacen sentir que eres un loco y un ignorante si no lo consiguen. Se alimentan de la arrogancia del tonto que sabe, del acomplejado al que ha llegado su momento.  Son las nuevas malas personas. 

Así que cuando Joe List, cómico poco conocido, cuarentañero; Joe List, gafotas, desgarbado, con pinta de guarro, es preguntado por sus tendencias políticas, se marea. Como un boxeador en el décimo asalto. Ha sido de izquierdas toda la vida, pero ahora ven que la gente de izquierdas se parece sospechosamente a lo que la izquierda en la que se crió se oponía. De crío había buenos y malos. Había tolerantes e intolerantes. O sea, la gente maja, y los hijos de puta. Ahora la cosa no está clara. 

Es como si nosotros acostumbrásemos a ir a un bar, en el que ponen música indietrónica, que nos gusta mucho. Es nuestro bar de toda la vida, donde nos conocen desde críos, y al que van nuestros amigos. El otro bar que hay en el pueblo, enfrente, es de nazis y ponen pachanga, no siendo nosotros ni de lo uno, ni de lo otro. Pero por carambolas del destino, los nazis empiezan a desarrollar un gusto por la indietrónica, y empiezan a venir a nuestro bar. Bien por ellos. Pero claro, con el tiempo empiezan a hacer allí sus cosas de nazis, porque la cabra tira al monte. Y vienen tantos, tantos, que al final no hay sitio para nosotros. Por lo que no nos queda más remedio que ir al bar de pachanga, sin ser nosotros nada de eso. Así que nada. Ahora escuchamos pachanga. Y aparentemente, también somos nazis. 

O qué. 

Un comentario en “Las nuevas malas personas”

  1. Muy buena lectura. Yo he estado viendo vídeos del Frente Obrero en youtube y tienen una visión muy curiosa de cómo el post-modernismo ha absorbido a la izquierda dominante. Vale, sí, son bastante comunistas y algo radicales, pero sostienen un discurso desde la izquierda muy interesante. Saludos!

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