Los intelectuales de izquierdas quieren que te suicides mientras toman mojitos en la zona gentrificada de la ciudad (lo hacen a disgusto).

¿Qué siento yo por Naomi Klein? Cariño. Respeto intelectual. Diría que para mí es un referente moral. Para los que estéis en la parra, Naomí Klein es una judía canadiense, que hace justo 22 años escribió NO LOGO, posiblemente uno de los libros más impactantes publicados por aquel entonces en el paranorama de la izquierda. ¿De qué iba el libro? . La premisa era el impacto psicológico de las marcas de ropa, de los anuncios, y cómo éstos juegan con nuestra emociones y nuestra autoestima, creando categorías invisibles pero presentes, resumidas en el logo de Nike, que, insertado en una prenda cualquiera, dice mucho más que esa especie de raya de coca mal hecha. Crea ganadores y perdedores con solo un par de pespuntes. Y luego la tía se va a Asia, y ve que la gente que hace esa ropa vive como la mierda y tal, y claro, juntar lo uno con lo otro ya es el recopetín. Fue un pelotazo editorial.

Recuerdo un día que teniendo yo unos veinte años, estaba bebido en la plaza del Dos de mayo en Madrid, junto con otros desgraciados. Pasó un capullo con una tía, de mi edad, a lo lejos. El hijo de puta llevaba llevaba una camiseta negra, en la que ponía NO LOGO , como en la portada del libro. Había convertido la portada de un libro contra las marcas, en una marca. Me volví loco. ¡No has entendido nada! Le chillé, e hice el amago de levatarme para pegarle. Yo ya era poco subnormal por aquel entonces. Él no me oyó. Quedé de puta madre con mi grupo de pares.

¿Qué ha hecho Naomía Klien por mí? Nada. De hecho me ha jodido. Odio la publicidad. Me siento agredido cuando la veo. Me siento insultado. Manipulado. Me da verguenza ajena. Me humilla. Y lo peor es que ahora creo que debe de haber publicidad, porque la economía tiene que ir bien y hay que poner comida en la mesa y toda eso. Pero me siguen rechinando los dientes, hago zapping cada vez que llegan los anuncios como el que intenta evitar que le enseñen un vídeo de un genocidio. Y yo creo que eso ya no se me va a ir nunca. ¿Y la gente de las zonas que hacen la ropa? Pues a la gente se la suda. Es el único sector en el que la izquierda no entra. Entra, pero no entra. Compran en inditex, pero ironizan con que desearían no hacerlo. Queremos la revolución, pero sobre todo queremos nuestros trapitos. Y luego parece ser que ese trabajo esclavo que denunciaba Naomi Klein ha sacado de la probreza a cientos de millones de personas en solo veinte años. Pero claro, también ha jodido nuestro tejido industrial. La realidad es una cosa compleja, de la que no quieren que participemos, porque no estamos cualificados para opinar. Y posiblemente tienen razón. La democracia es el mejor sistema que nos protege de nosotros mismos. Nos da la ilusión de creer que tenemos poder de decisión, y nos quejamos cuando creemos que se nos hurta. Pero la verdad es que nunca lo tuvimos, porque si lo tuviéramos, hundiríamos el barco en diez minutos. Compra tu camiseta a cinco euros, y ponte a ver el programa de Cristian Gálvez. Qué cojones importa nada.

Esto es lo que creo que hacen estos zanguangos: utilizan la angustia existencial cosustancial al hecho de ser humanos, el mismo dolor y confusión que se sentía en tiempos de Buda o Aristófanes. Las mismas miserias y mezquindades, envidias y deseos que nos atormentan. Las ponen en palabras, como si fueran buenos poetas, y, en vez de tirar por la religión o el existencialismo, consiguen convencernos luego de que la razón de nuestra desazón se encuentra en causas político-económicas. Solo nos aliviaremos de nuestros problemas humanos si el sistema cambia.

Pero bueno, para acabar con Naomí Klein: la sigo admirando. Después de su pelotazo del No Logo, sacó “La doctrina del shock», bastante interesante, sobre otras movidas. Y ahora está en ecologismo y eso. Pero creo que ya no voy a leer nada más de ella. Y es que yo le creo a ella. Pero no a la panda que vino después. Naomí Klein inaguró nueva la ola de textos de izquierda sesuda, adormecida quizás durante la guerra fría. Todo el mundo estuvo con el ojete apretado cuarenta años, con miedo de que los dos bloques se liasen a pepinazos y el mundo se convirtiese en salmorejo radiactivo. Pero con el cambio de siglo, han resurgido con fuerza, en España sobre todo, desde el 15M. Y no les tengo cariño. Qué son. Humo. Mierdas. Libros cuya publicación justifica doctorados inútiles. Futuras asignaturas de Sociología que no hacen nada por nadie. Librerías chic, en las que los jóvenes urbanitas van a dejarse ver, tomar café, ir presentaciones de libros de mierda, y sentir que hacen algo por la gente, cuando en realidad, por mucho que lean, no hacen nada por nadie. Nada. Por. Nadie.

Hace poco pasé por la glorieta de Bilbao, y vi a Jesús Maraña, que es de lo mejores contertulios de izquierdas que hay en los platós de televisión hoy en día. Moderado y tranquilo. Además se parece mucho a mi tío Javi, así que doble de puntos para él. Estaba en el renovado Café Comercial, símbolo absoluto de la gentrificación (palabra acuñada precisamente por la sociología de izquierdas, porque, aparentemente, en los barrios se vivía mejor cuando te atracaban todos los días), tomando orgulloso una caña de esas de a cinco euros, al final de su jornada laboral, junto a dos jóvenes periodistas, sexys y dinámicos, que le miraban con admiración, pensando en qué podrían decir o hacer para agradarle y ascender. Y entonces pensé, it´s all lies, man. It´s all lies.

*Esta entrada intentó ser publicada en Marzo, pero, justo cuando iba a hacerlo, me subió la fiebre, y fui ingresado por coronavirus con una neumonía terrible. Desde entonces le tengo miedo a este texto. Así que hoy estaré con el termómetro en el sobaco todo el día, tomándome la temperatura en tiempo real, esperando mi castigo. Si vuelvo a enfermar, no habrá dudas: Dios es de izquierdas.