Modas y modales

Estaba esta mañana haciendo footing (falso anglicismo, inventado en este país, esa palabra no existe en inglés), intentando insuflar energía a mis pulmones neumónicos. Me disponía a rebasar a una pareja de ancianas, madre e hija sin duda. La hija tenía 160 años, y la madre 172. Cuando, por sorpresa, la hija ha emitido un orgulloso y desacomplejado escupitajo en mi dirección. No lo ha hecho a posta, porque yo venía por detrás, pero me ha sorprendido ver a alguien tan mayor siendo tan maleducado en los tiempos del Covid. ¡Señora por Dios! ¡Recuerde sus modales victorianos¡ ¡Al final y al cabo, fue educada en ellos! El caso es que a la vuelta me las he vuelto a encontrar, me he parado delante de la hija y le he dicho “Lo que tú tienes, ahora lo tengo yo” Y he escupido al suelo delante de ella y he dicho “Y lo que tengo yo, ahora lo tienes tú. Bitch”.

¡No! Por supuesto que no he hecho eso. Disculpadme, estoy un poco sensible con el tema del coronavirus. Me mueve la culpa. Ya que yo soy el culpable de la pandemia, por lo menos en parte.

El origen de la pandemia Coronavirus (Covid-Sars-2) se encuentra en las sección de papelería de El Corte Inglés de Preciados. Allí me dirigí, a finales de Noviembre de 2019, para comprar mi agenda anual, que utilizo como diario. Compro una de la marca Paperbanks, que son tan bonitas como caras. Cada año elijo un modelo distinto. El de este año es burdeos con filigranas doradas. Ahora las hacen con tapas flexibles en vez de rígidas, lo cual me desgrada profundamente, sobre todo porque encima lo venden como una innovación.

Se aproxima el drama: cuando me disponía a pagar, el empleado de El Corte Inglés, un gordo sudoroso de unos 45 años, con su traje y su corbata que le quedaban a reventar, hizo un gesto bastante entrañable de vendedor, que consistió en pasar su palma de la mano por la portada de la agenda. Como apreciendo sus calidades. Un gesto orgulloso de tendero, como diciendo, “señora, esto es de lo mejor que hay”.

Pues me jodió vivo. En mi cabeza, que está trillada por el trastorno obsesivo convulsivo, eso significaba mala suerte para este año. Alguien a quien no conozco de nada había pasado su mano sudorosa por encima de la portada, en la que ponía “2020”. El año estaba gafado sin duda.

Por supuesto, en mi cabeza se desató una guerra civil entre neuronas, que duró hasta final de año. Por un lado estaban la facción de neuronas racionales-ilustradas, que quieren librarse de esa parte ritualista supersticiosa de mí, y por otro las supesticiosas-obesivas, que saben de qué va la vida de verdad.

La contienda fue terrible. Ambos bandos se lanzaban graves insultos.Unas decían «¡eres un puto loco!» y las otras amenazaban «¡no juegues con las fuerzas invisibles que mueven el universo!¡pagarás por ello!»

Al final me quedé con la agenda. Y ya véis el resultado. Pandemia global. Estuve quince días ingresado con neumonía por covid, en pleno pico de la pandemia. Mi padre también estuvo ingresado. La economía se ha ido a tomar por culo, y el nuevo disco de Pearl Jam es una puta mierda. Un desastre absoluto.

Prueba irrefutable de que digo la verdad: le consulté el problema a una compañera de confianza, todavía en Diciembre, y me recomendó un truco que podría remediar la situación, y liberarme de la angustia: pasar un algodoncito con alcohól por la portada, para desinfectarla y eliminar el mal fario. Lo hice. Meses después, limpiar las cosas con alcohol se ha convertido en nuestro pan de cada día, prueba evidente de que ha sido todo ese proceso el que desencadeno todo esto.

Cuidaros mucho. Respetad la distancia de seguridad, sobre todo cuando escupís.Haceros funcionarios. Comprad por Amazon. Tomad vitamina D. Y sobre todo, mantened a las viejas victorianas a raya.

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