Multiplícate por cero, etcétera.

Vivimos en relación a los demás. Ellos nos dan nuestra valía. Ellos nos dicen quienes somos. Es un coñazo, pero es así. Es practicamente imposible escapar de ello.


Pongamos por ejemplo que tú estás trabajando de reponedor en el Carrefour, mientras tus compañeros de instituto se van de vacaciones a Fiji en verano, y beben agua de Fiji durante el resto del año. A lo mejor no sientes mucho aprecio por tu trabajo. Ni por tu vida. Porque miras a tu alrededor, y ves a esa gente. Ya sabes. Esa gente.


Tienen más de cuarenta, pero siguen haciendo fiestas temáticas. Fueron a cenar a un sitio, y estaba Errejón. No compran nunca en Ikea. Utilizan los iPhones del año anterior de posavasos. Tienen una amiga, que es la mejor amiga del cantante de Vetusta Morla. O eso dice ella. Se quejan de la gentifricación, siendo ellos los principales gentifricadores. Estuvieron el año pasado el Tokio y no les pareció gran cosa. Les va bien. Tienen dinero para ir al psicólogo. Los esfuerzos que han realizado en la vida, les han dado los réditos prometidos.


Ahora bien, y Dios no lo quiera, pero si una terrible recesión llegase, ya fuese por la naturaleza cíclica del mercado, o por una pandemia, y todos tus amigos estuvieran desempleados, o fuesen yonkis, borrachos, o ludópatas, borrando desesperados sus títulos del currículum para intentar ser camareros. Y casualmente tú fueses el único de tu entorno social con un trabajo remunerado, ese mismo trabajo, en el puto Carrefour. Oye, la vida sería otra cosa. Con qué orgullo te enfunfarias cada mañana ese polo blanco. Con que esmero te recortarías la barba, y te quitarías los pelos de la nariz con el aparato eléctrico que sirve exclusivamente para quitarse los pelos de la nariz, y que tu madre te compró por AliExpress. Para ir bien aseado. Para ir a cumplir con tu trabajo. Como un hombre. Como el único hombre.


Qué bien sentarían esas cenas con tu pareja en el VIPS los domingos. Qué bien vivimos, coño. Pídete un brownie, si quieres. No importa. Con qué orgullo sacarías un billete de veinte una vez al mes para decir «os invito» o un condescendiente «dejad que ya pago yo», en las cañas. Todos son unos impresentables, unos débiles, y están tirados por la calle. Tú eres el único adulto de verdad capaz de asumir la responsabilidad de tener un trabajo. Haces lo mismo, pero eres el doble.


De todas las cosas que escapan a nuestro control y nos afectan (terremotos, pandemias, el precio del trigo en origen, la producción de petróleo en Rusia o las tormentas de arena que vienen de África), el valor que nos damos a nosotros mismos, y que recibimos en relación a lo que hacen los demás, es de las que menos se habla.


La respuesta a la pregunta «quién soy» es tan confusa y crítica, como peculiar. Para Ramana Maharshi, cuya mejor amiga era una la vaca Lakshmi (posiblemente la vaca más famosa del mundo, después de tu madre), esta pregunta era tan crucial, que era la única meditación que recomendaba realizar. Nan Yar. Quién soy. Un mantra que repetir durante toda una vida. Para él, esta pregunta era como el palo que se usa para atizar el fuego, y una vez el fuego está formado, se tira para que arda en esa misma hoguera. En la India no debían de tener pastillas blancas de esas de barbacoa, pero lo importante es la metáfora. Es decir, cuando encuentras la respuesta a la pregunta, te iluminas, y ya no hay que hacerse más la pregunta. Nan Yar. Quién soy.


La respuesta: Multiplicaté por cero y dividete por dos.

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