Se buscan trovadores (jornada parcial).

¡Las historias están desapareciendo! ¡Las historias se desvanecen entre nuestros dedos! ¡Se evaporan como el agua de los océanos!Las neuronas que las contienen están saltando de los cerebros, como los que se tiran de un edificio en llamas. Todas van a parar a los canalones de las cabezas de la gente, y de ahí a los desagües del olvido eterno, los sumideros de la historia, donde desaparecen para siempre.

Me refiero a las historias populares. Protagonizadas por nosotros, o por otros parecidos a nosotros, y que se transmitían entre los grupos de amigos, de barrio en barrio, de noche en noche. Son esos personajes excéntricos, son esas situaciones tan jodidas que ni te las puedes creer, son esas anécdotas que te hacen ahogarte de la risa y llevarte las manos a la cabeza. El absurdo y el delirio que componen el corpus de la mitología local.

Son únicas, porque son increíbles, y son parecidas, porque ocurrieron mientras nosotros estábamos vivos. A nosotros, a gente que conocemos, o a gente que conoce gente que conocemos. Se podría decir hasta que son nuestra verdadera identidad. Y no solo somos esas historias, sino también nos relacionamos a través de ellas. Es el material que intercambiamos con los miembros de otras tribus. Pero las estamos olvidando, y nadie las está apuntando.

Veo a esos hombres y a esas mujeres, de mi edad, en las terrazas de los bares, hastiados, envejeciendo con cada minuto que pasa. Calvos con tatuajes. Gordas con varices. Fumando y bebiendo. O haciendo spinning o zumba, que para el caso es lo mismo. Están odiando vivir, de una forma u otra, y olvidando con ello todas esas historias de las que son depositarios. Toda la grandeza de la que fueron testigos, y que por tanto, les era propia.

La vejez y las responsabilidades de los cojones han matado toda capacidad de asombro. Todas eso relatos, de barrio, de instituto, de universidad, de hospital, de comisaría, de clínica abortiva, transmitidos en los parques, en las barras de los bares, recordados en las sobremesas con euforia, que entretienen las tardes aburridas en el trabajo, van a desaparecer. Y me da angustia. Cuando lo pienso, siento como que me falta el aire.

A lo mejor da igual. A lo mejor solo es el escritor lisiado que llevo dentro, al que le da pena que se pierda tanto buen material. A lo mejor, para que algo muera, ha de ser olvidado. A lo mejor todo eso tiene que desaparecer, cuando nosotros lo hagamos. A lo mejor escribiéndolas y haciéndolas eternas, las condenamos al eterno purgatorio. Qué sé yo.