Quién es Joe Rogan y por qué debería de importarte.

Los medios de comunicación parten de una premisa: el espectador es imbécil. Como un niño de tres años, se despista con facilidad y se aburre rápidamente. Por eso, cuando se habla de política, hay que echar el resto. En la pantalla tienen que aparecer rodeando al presentador colorines y luces, como en los programas infantiles. De fondo, suena música permanentemente música bélica, como de película de acción de esas que se hacen ahora de superhéroes. Rótulos con titulares que cambian cada quince segundos, una banda inferior móvil con las noticias del día, hastags en una esquina para seguir el programa por twitter, un banner en la parte de arriba anunciando alguna última hora. Y además ya no se enfoca la persona que habla. Eso es de los noventa. Ahora las pantallas están partidas. En un lado se ve al «periodista» que está hablando, y en otro, la reacción del contertulio que más previsiblemente ofendido estará por lo que diga. Hay otra imagen mostrando al moderador en medio, por si se pegan.

En el supuesto de que se corra el peligro de profundizar en algún tema durante más de tres minutos, rápidamente se conecta con la modelo/periodista de redacción para darnos alguna última hora intrascendente, o desmentir el bulo de que el coronavirus se cura metiéndote un dedo por el culo. Todo el mundo va bien maquillado, iluminado, escotado, con el pelo bien brillante. Pegando voces si hace falta para asegurarse de que todo el mundo atienda.

Los temas solo se abordan de forma muy superficial, en segmentos de cinco a diez minutos máximo. Si hay un invitado, un experto, un especialista en alguna materia, tiene como mucho tres minutos para exponer todo lo que sabe del tema, antes de ser despedido y pasar a anuncios, prometiendo otra puta última hora a la vuelta de estos. A este frenesí de colorines es lo que llamamos «estar al tanto de la actualidad política».

En realidad, en los programas de política, y uno tarda bastante en darse cuenta de esto, no se habla de política. No se habla de economía, de derecho o de administración pública. Es una especie de Gran Hermano, un salseo constante, artificialmente ideologizado, en el que siempre pasa algo, que en el fondo no te afecta en nada. Los protagonistas del salseo, nuestros políticos, entran y salen de polémicas bastante irrelevantes, con personajes sus secundarios, periodistas, agrupados en bloques homogéneos, que les atacan o defienden. Es como una especie de Sálvame, pero para idiotas, porque por lo menos los espectadores que ven Sálvame por la tarde, saben que todo eso en el fondo es broma. Nosotros, los yonkis de la actualidad política, lo vemos pensado que es en serio.

La llegada de internet hizo pensar que esto iba a ir a mejor. Íbamos a ser más rigurosos como espectadores y no tragar con mierdas. Habría medios alternativos en los que informarse, y los «profesionales» tendrían que elevar el nivel para sobrevivir. Pero la cosa ha ido a peor. Están quemando los muebles para hacer un fuego con el que poder calentarse.

Sensacionalismo puro y duro para poder sobrevivir. Mucha gente todavía no sabe lo que es el «clickbait», a pesar de que lo sufre todos los días como el que sufre de gota. Titulares que intentan captar tú atención y detrás de los que no hay nada. Es una expresión inglesa que significa algo así como que te ponen un cebo para que piques, para que hagas click. Porque se paga por click, no por la calidad del producto. Son esos titulares escandalosos a los que nos hemos acostumbrado, que nos prometen una información increíble. Luchan por nuestra atención como pirañas en una piscina, en los minutos de la basura del periodismo.

La única luz de esperanza en el terreno de la información ha surgido en forma gorila que desayuna inyecciones de testosterona (admitido) y esteroides (quizás en el pasado). Joe Rogan, es un cómico, comentarista de peleas de artes marciales, y ex-presentador de reality, cuyas virtudes principales son la curiosidad, la tenacidad, y no tenerse a sí mismo como un tío muy listo. Yo le defino como el típico mazao de gimnasio que fuma porros y ve documentales, de los que habla mientras levanta pesas y toma batidos de proteínas.

El caso es que este tío empezó un podcast por entretenerse hace diez años. Y ha revolucionado los medios de comunicación sin él pretenderlo. Ha creado un un estilo sin darse cuenta. El estilo revolucionarios es este: un programa de tres horas sin estructura alguna, en las que no se entrevista , sino que se habla, como lo haríamos tú y yo su fuésemos amigos y estuviésemos tomando un café, y uno de los dos supiera mucho de algo, y el otro no.

¿Y quién va al programa? Quien tenga algo que decir que le interesa a Joe. ¿Y qué le interesa a Joe? Las artes marciales, la salud mental, la física, la historia, la biologia, los microplásticos, la psicología, la política, los porros, la naturaleza de la conciencia, el trabajo de los corresponsales de guerra, la comedia, la gente que corre ultramaratones, la gente que adelgaza doscientos kilos, ex agentes de la CIA, escritores, doctores, músicos y también Miley Cyrus.

Y ahí van a hablar tres putas horas seguidas, sin sensacionalismo alguno, sin interés en sacar un titular o nada del estilo. Sólo conversaciones a veces densas, a veces divertidas, muchas veces complejas y profundas. ¿Y cuál es la sorpresa? Que este cabronazo, este pedazo de animal llamado Joe Rogan, que hace dos mil horas de ejercicio al día, toma todas las vitaminas conocidas y mata ciervos con arco y flechas, él solo, con su productor, tiene más audiencia que el programa de más audiencia de la televisión americana. Y los medios están con la boca abierta al descubrir que la gente no es tan tonta como ellos pensaban, y ansían explorar temas complejos en profundidad. No necesitan presentadoras/ modelos, contertulios chillones, ni una polémica distinta cada día.

Un par de personas de mediana edad sin maquillar, tomando café (o whisky) y charlando de cosas interesantes, feos de cojones, por lo general. Porque Joe Rogan ha roto todas las reglas del show business: hasta la de que la gente que sale en pantalla debe de ser atractiva. Con un presupuesto mínimo. Sin marketing alguno. Sin equipos de guionistas y estilistas, ha acumulado más de mil millones de reproducciones en Youtube, y otras tantas en las otras plataformas, lo que le ha llevado a firmar un contrato millonario en exclusividad con Spotify, que hizo que esta compañía subiera de golpe 2400 millones en bolsa el día de su anuncio.

Y claro, los medios tradicionales no saben que hacer. Por eso está semana un tal Juan Sanguino ha escrito un artículo en El País (en realidad lo ha copiado de otros artículos similares en The Atlántic o el New York Times) explicándonos como el bueno de Joe es en realidad un neonazi anti vacunas, o algo así, en un ejercicio de inmoralidad periodística poco sorprendente a estas alturas. Y yo vengo a deciros: no hagáis caso. Entrenad de día, escuchad a Joe Rogan de noche. Cada día.

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