San Jorge jubilado.

La otra noche escuché a Douglas Murray contar una fábula que me dejó bastante impresionado. Se llama “El síndrome de San Jorge jubilado”, y fue formulada por el filósofo australiano Ken Minogue. Propone un escenario, en el que San Jorge, tras matar al dragón y ser aclamado por el mundo, con la adrenalina por las nubes, y desbordado por la emoción, comienza a buscar más dragones que matar. Y como no hay más dragones que matar, empieza a matar animales. Y cada vez mata a animales más pequeños. Hasta que acaba en el campo, dando espadazos al viento. Como un loco. 

A principios de este siglo compré un libro que no llegué a leer, pero cuyo título siempre recuerdo. Se llamaba “El año que tampoco hicimos la revolución”. Una colección de ensayos de izquierdas. Lo que me impacto del título fue la tristeza que desprendía. Ese “tampoco” era dolorosamente irónico. Era irónico porque nosotros nunca íbamos a hacer nada, y esto se nos recordaba constantemente.  Éramos la generación de la conformidad. Éramos la generación de la apatía que emana del bienestar. Éramos la generación egoísta que nunca se levantaría por sus derechos, ni por los de nadie.  

Y luego llegó el 15M, y ahí estábamos. Por sorpresa. Haciendo historia. Vibrando. Cada tarde, en las plazas, sentías que estabas escribiendo los titulares de los periódicos del día siguiente.  Si hubieras cogido un poquito del aire que se respiraba en esos días y lo hubieras metido en un botecito cerrado, al abrirlo hoy pasaría algo. Se fundirían los plomos y se iría la luz de tu casa. El geranio del balcón florecería, aunque no fuese su época. Se cortaría la mayonesa, y luego se volvería a poner bien. Tendrías una erección. No sé, algo.

Luego llegaron los revolucionarios a joder la revolución. Dijeron “dejadnos a nosotros, llevamos treinta años fracasando, sabemos cómo hacerlo”. Y el resto es historia. Pero por lo menos vivimos esas primeras semanas históricas de dignidad y amor propio, y con eso algunos ya tenemos para irnos a la tumba contentos.

No obstante, creo que hay gente enganchada a ese sentimiento. Quieren hacer historia, pero no saben cómo. Eso decía el marica de Douglas ayer: a todos nos hubiera gustado marchar con Martin Luther King, a todos nos hubiera gustado arrancar los adoquines del pavimento en París en el 68, a todos nos hubiera gustado estar en Berlín la noche que cayó el muro. Nos hubiera gustado ser parte de la historia, y haciéndolo además en el lado correcto.  

Análogamente, nos hubiera gustado ser la pionera valiente que se abrió paso y triunfó en un mundo de hombres que la puteaban, la primera mujer en desafiar las normas de recato victoriano impuestas y vivir su sexualidad libremente, el artista homosexual aplastado por la sociedad que luchó por las libertades que hoy disfrutamos. Nos hubiera gustado haber formado parte de la transición y haber corrido delante de los grises de los cojones.  

Pero ya no hay mucho que hacer, solo ser buena persona y no comer comida procesada. Gracias a toda esa lucha, tremenda lucha, y a la sangre y las lágrimas derramadas (por otros), hemos construido la sociedad más tolerante y libre de la historia. Un crisol de culturas, sexualidades, idiosincracias personales, aromas, sabores y acentos, hermanados, disfrutándose y dejándose en paz a la vez. Nunca, en la historia, había pasado algo asi. Por eso la izquierda va dando espadazos al aire. Con el lenguaje inclusivo, los conguitos de chocolate y la mejor forma de sentarse en el transporte público. Como San Jorge, quieren seguir matando dragones, y no saben cómo. El problema es que en una de estas, nos van a dar. Y nos van a hacer daño. 

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